Trio:Las reglas del juego

•junio 1, 2007 • Dejar un comentario

-¿ERES IMBECIL O ESTAS BORRACHO?
En realidad no me esperaba otra respuesta. ¿Qué contestarías tú si un amigo te llamara a deshoras para contarte que una antigua novia, muerta, te ha llamado para quedar en tu casa?
He intentado razonar con Alonso (¿se puede razonar a alguien con una historia así?), expresarle lo asustado que estaba, lo seguro que estoy de que era la voz de Paula, de que sigue con vida, por mucho que nos pueda parecer imposible, y de que me ha hablado al teléfono como si no la hubieramos asesinado, como si el día que perpetramos nuestro crimen nunca hubiera existido, como si ella sólo hubiera estado una temporada fuera, y ahora regresara con toda normalidad, con ganas de vernos.

Pero Alonso no me ha creído, claro. Yo tampoco lo habría hecho. Se ha limitado a decir que venía ahora mismo para mi casa y tras exclamarme “Tú estas mal”, ha colgado sin más.

Ahora estoy aqui solo en mi casa de campo, viendo cómo anochece y con la seguridad de que un fantasma vendrá a visitarme. Me he servido un güisqui y me he sentado en el sofá, permitiendo que los recuerdos afloren en mi mente.

Los problemas comenzaron un año después de que Alonso y yo compartieramos a Paula como amante. De hecho, yo siempre tuve la certeza de que algo malo sucedería cuando esta inusual relación comenzara a prolongarse en el tiempo.

Cuando volví a ver a Paula tras nuestro primer encuentro amoroso, nuestro “first fuck” como le gustaba llamarlo a ella, no me comentó nada sobre su posterior encuentro sexual con Alonso, ni si había vuelto a verlo y tampoco yo le pregunté.
Volvimos a acostarnos esa noche y las siguientes. Incluso realizamos una escapada de cuatro días al extranjero, como si de una luna de miel se tratase. A la vuelta del viaje y mientras yo me enfrascaba de nuevo en mi trabajo, Alonso y ella volvieron a verse a escondidas de mí. Paula misma me lo confesó. Yo pensaba que mi amistad con Alonso estaba por encima de todo y no quise que este incidente la enturbiara.
Cuando conseguimos comprender a Paula y darnos cuenta de que no había ningún tipo de malicia por parte de nadie, los hechos comenzaron a suceder con absoluta naturalidad. Jamás hubo celos, riñas ni disputas; aunque hacia el final, decidimos repartirnos los días democráticamente y con precisión aritmética: lunes, martes y miércoles, ella y yo estaríamos juntos. Los jueves, viernes y sábados pertenecían a Alonso y Paula. Los domingos los dedicabamos a visitar a neustras familias o a descansar. El domingo nadie se veía con nadie: Esas eran las reglas del juego. O eso creía yo.

Jamás pregunté a ninguno de los dos a qué se dedicaban en sus tres días o con cuanta frecuencia lo hacían, aunque me moría de ganas por saber. Estaba seguro de que Alonso y Paula eran igual de discretos para conmigo. Si alguna vez se les pasó por la mente la idea de variar la naturaleza de nuestro trío, ninguno tuvo el valor de mencionarlo. Nunca hicimos sexo a tres, aunque sospecho que a Paula le hubiese gustado, pero no lo llevamos a cabo.

Suena de nuevo el teléfono. Tengo que interrumpir este post. Que no sea Paula. Que no sea el fantasma.

Paula debe morir: La 1ª noche.

•mayo 31, 2007 • Dejar un comentario

Alonso comunica, el muy cretino. Tengo que contarle de manera creible que el fantasma de Paula va a presentarse en mi casa, y él no coge el teléfono.

Me ha venido a la mente el recuerdo de la primera vez que me acosté con Paula. Fue en la noche en que celebrábamos su ascenso en la empresa. Ella era insultántemente joven pero su mente privilegiada para la programación avanzada ya le estaba permitiendo hacerse un hueco de importancia en el trabajo. Yo apenas si la conocía, eramos amigos de otros amigos, pero esa noche ya no pude apartar la vista de su mirada, de la sonrisa dibujada en las curvas de su cuerpo esbelto y tan bien proporcionado.
No pude evitar acercarme a ella y para mi delirio, Paula abandonó el grupo que la agasajaba para comenzar a charlar conmigo. Ni siquiera recuerdo de qué hablamos aquella noche, solo retengo en mi memoria que ella reía con facilidad con mis bromas. Dicen que cuando tienes facilidad para hacer reir a una mujer, tienes más de medio camino recorrido para llegar a ella.

Nos comenzamos a besar en los mismos servicios del bar y ya no nos detuvimos hasta que llegamos a mi pequeño apartamento de soltero. No soy sincero si digo que jamás he disfrutado tanto como aquélla noche. Miento si afirmo eso porque fueron muchas las noches de sexo con Paula que marcaron para siempre el resto de mis relaciones.

Muy poco después recibi dos llamadas. La primera de Paula, para confesarme que la noche después de que nos acostáramos, había vuelto a hacer el amor, esta vez con Alonso, mi mejor amigo. Me preguntó si eso me ofendía. Contesté que en realidad no, y creí ser sincero. Después de todo, Paula y y habíamos hecho lo mismo la noche previa y veinticuatro horas de antelación no me daban ninguna exclusividad sobre Paula.
Más tarde fue el mismo Alonso el que marcó mi número, rogándome que lo perdonara. Le pedí que no se preocupara: Paula no era mi novia. Nos habíamos acostado tras la fiesta porque a ambos nos apetecía y al día siguiente, también mi amigo había caído rendido ante los evidentes encantos de la chica. Cuando se está de acuerdo en la libertad del individuo en general y de la sexual en particular, hay que aceptar las normas del juego.
No había ningún tipo de problema… en ese momento, claro…
Los problemas de verdad comenzaron poco después.

Alonso sigue comunicando. Voy a dejarle un sms. Estoy asustado. Era su voz, ella esta muerta, joder, pero era su voz al móvil.

Paula acaba de llamarme al móvil.

•mayo 10, 2007 • 1 comentario

Acabo de colgar y he tenido que dejar constancia escrita de lo que me ha ocurrido, sólo para no volverme loco: Estaba cortando el césped  cuando ha sonado el zumbido del móvil y era Paula, parecía su voz (era su voz), pero no puede ser ella. Esta muerta, la matamos Alonso y yo…

-¿Carlos? -me ha preguntado la suave voz femenina al otro lado de la línea-. Soy Paula. ¿Qué tal estas?

He tenido que entrar en la casa y dejarme caer en el sofá. Estaba sudando con la cortadora de césped y ahora me he quedado gélido.

-¿Estás ahí? -ha interrogado de nuevo la cálida voz.
-Sí -he conseguido graznar. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? ¿Qué hubieras dicho?-. ¿Quién eres?

Una risa breve y burlona al otro lado.

-Soy Paula, no seas tonto -la misma risa inocente de antaño, encantadora, como si el tiempo hubiera retrocedido y ella siguiera con vida-. Insisto: ¿Cómo estas?

-Bien, supongo -hubo una inquietante pausa-. ¿Dónde estas?

-De camino. Estoy parada al borde de la carretera. Se me ha calentado un poco el motor con este calor y he pensado en llamarte para avisar de que llegaré muy pronto a la ciudad, si es que no me deja tirada del todo este trasto. Después puedo pasarme por tu casa ¿Te viene bien?

-Claro… ¿Por qué no? -La sensación de irrealidad es tan grande que me estoy mareando, debo estar blanco como el papel.

-Eres un encanto. Tenme preparada una de tus famosas sangrías, que con este calor… llevaré una sed de camello -nuevas risas.

-Con limón -he acertado a susurrar-y un chorrito de ginebra…
-Y miles de peces -termina ella con una exclamación y volviendo a reír.

Por un momento casi me ha gustado que ella recordara mi vieja receta.

La comunicación se corta y salgo de nuevo al jardín, caminando con paso parecido al de los zombis en las películas. El calor es abrasador. Dejo caer la mirada por los campos que circundaban mi casa de campo, alejada del ajetreo de la capital.

La voz era de Paula. De eso no cabe ninguna duda. Hacía ocho años que no la oía; yo tendría unos veinticinco. Mi relación con ella duró apenas dos años, y siempre he pensado que quizá fuera la mejor época de mi vida. Pero al decir “mi” relación estoy siendo injusto, porque eso excluye a Alonso, que es parte fundamental de la historia. Compartíamos a Paula. O quizá ella nos compartió a los dos. Los tres estabamos al tanto, claro. La nuestra no fue una historia de infidelidades. Eramos un trío y así lo asumimos desde el principio. Hasta que todo se nos fue de las manos, hasta que a Alonso se le ocurrió la idea de que habíamos cruzado el límite… y decidimos acabar con su vida.

Ahora Paula a vuelto… Pero no puede ser, he tenido que tener una alucinación… Tengo que dejar este post y llamar a Alonso. Tengo que contárselo, avisarle…

Creo que los dos estamos en peligro.